El Salvador es un país muy pequeño, si lo vemos en comparación con casi el 90% de naciones hermanas que conforman la América Latina.
Somos un país donde día con día perdemos nuestra identidad, saqueada brutalmente por el fenómeno de la Globalización y sus venenos. Donde el salvadoreño promedio tiene poca educación y se rige por ideas en su mayoría obsoletas y que sólo reafirman más los modelos de conducta violentos, discriminatorios y que logran segmentar convenientemente a nuestra extremadamente fracturada sociedad salvadoreña, en beneficio del gran capital y sus regentes.
Es bajo este contexto, sobre estas ideas acarreadas durante siglos de colonización y opresión, representados magistralmente por monarquías, gobiernos e intereses económicos; que nos encontramos en una lucha constante por validar los derechos a los que tenemos potestad de exigir como ciudadanos y ciudadanas de nuestras sociedades “democráticas”.
Derechos que son diariamente violentados utilizando los métodos más diversos: abusos de autoridad, discriminación, distribución inadecuada de recuersos, maltrato, estigmatización de grupos… y la lista podría continuar hasta el punto de ver a la mismísima muerte como la forma más brutal de quebrantar el derecho más fundamental de toda la sociedad.
Es aquí en esta coyuntura de violaciones constantes, donde nos encontramos con una nueva amenaza, disfrazada de moral y discursos conservadores dictados por siglos de intolerancia a lo desconocido, a reconocer la naturaleza implícita en todo lo que habita sobre este planeta.
La diversidad sexual es una temática tan controversial, que ahora tiene la capacidad de polarizar a una nación entera y sumergirla en un debate moral, científico y religioso. Esa capacidad de reducir a pocos escombros lo que en realidad importa: LAS PERSONAS.
Y es que la diversidad sexual es sólo una pieza del rompecabezas que conforma al ser humano, pero que hoy por hoy es la herramienta perfecta para atacar a un segmento de la población que también tiene el derecho a exigir que se le tome en cuenta y que se le de la oportunidad de darse a conocer en su realidad absoluta, dejando a un lado las concepciones y juicios que instituciones antiguas, e incluso arcaicas, de la sociedad han sentado sobre nuestras mentes para no dar paso a un verdadero respeto y tolerancia sobre las diferencias que caracterizan de manera natural a nuestra comunidad humana.
Las personas tenemos el derecho a ser tan nosotros mismos como queramos, expresando libremente nuestras formas particulares de pensar, actuar, sentir, e incluso de intimar y convivir con nuestros pares. Y si la sociedad salvadoreña tuviera la visión que muchas y muchos tenemos sobre estos principios tan básicos, creo que esas declaraciones que buscan validar al matrimonio, una institución que ha sido tan cambiante a lo largo de la historia humana, bajo el concepto de la unión exclusiva de una pareja hombre-mujer quedarían como verdaderas burlas al intelecto.
La maquinaria humana es demasiado compleja como para encasillarla en moldes creados a conveniencia por unos cuantos para someter minorías.
APOYEMOS LA DIVERSIDAD, QUE SOMOS TODAS Y TODOS.